"El río enfrente descendía, perezoso y como adorado bajo la calma ya pesada de mayo, abrazando, sin un susurro, un ancho islote de piedra que brillaba. Además la sierra crecía en cormoranes dulces, con una funda pliega donde se anidaba, bien junta y olvidada del mundo, una vilazinha clara. El espacio inmenso reposaba en un inmenso silencio. (...) La grandeza igualaba la gracia."
"La Ciudad y las Sierras", Eça de Queiroz






